En el artículo anterior intenté delinear algunas características que diferencian la educación universitaria de otros segmentos del sistema, aún cuando hablemos de enseñanza terciaria.
Si bien toda educación es transformadora, se entiende que la Universidad por naturaleza debe ser posibilitadora de transformación, de creación, de proyección humana y no defensora de los instituido, de lo existente. De ahí su tan pregonada autonomía y la insistencia de trascender la mera formación de profesionales para habilitar al individuo a desplegar su propia naturaleza como iniciador, como permanente creador. ¿Cómo ser creadores de futuro y ser responsables de nuestras decisiones si no reconocemos el mundo en el que nacimos y vivimos? El único modo de conocer la realidad es a través del conocimiento de nuestra cultura, es decir, de nuestros propios valores. La cultura, sin embargo, no es espontánea y no puede generarse con independencia de lo que ya es y de lo que existe. Para ello la Universidad debe mediar entre lo existente y lo siempre renovado por venir. Algo así como reconocernos como sujetos históricos insertos en un contexto que es producto de la construcción humana. Me gusta imaginar la Universidad como un sitio de cultura donde se habilitan ciertos procesos, encaminados a la construcción de mundos posibles. En sociedades como la nuestra, por un lado bombardeadas por un modelo foráneo de valores y por otro con escasas manifestaciones artísticas locales, la Universidad debería contribuir a cubrir esta gran necesidad de difusión y de divulgación de los hechos culturales.